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Marco Giorgi: “Mucha gente compara al surf con el golf porque es un deporte muy técnico”

Una nueva entrega de Personas de la mano de Federica Bordaberry en Montevideo Portal.

Año de nacimiento: 1988.

Lugar: Montevideo.

Profesión: surfista profesional.

Curiosidad: su primera casa se llamó Hanalei, en honor a una playa a la que fueron sus padres en Hawaii

Toda su infancia transcurrió a tres cuadras de La Balconada, una de las playas de La Paloma. Creció con un hermano cinco años mayor y con una hermana dos años menor. Él, el del medio, no se portaba ni mal ni bien, pero siempre andaba trepado a un árbol o a un techo.

Sus padres eran, en realidad, de Montevideo. Les gustó la vida lejos de la capital y se fueron a La Paloma, donde Máximo tenía unas cabañas que alquilaba en verano y Patricia era profesora de inglés.

Marco Giorgi recuerda que su madre era un poco desastroza en la cocina, porque dejaba quemar algunas cosas, pero que su padre preparaba unas ensaladas muy ricas de las que él participaba. En su casa en La Paloma había dos pastores alemanes. Uno, cuidaba a los niños y el otro acompañaba a su padre para todos lados. Pero cuando se iban a surfear, se subían los dos a la caja de la camioneta roja y se iban también.

El padre de Marco era surfista y su hermano, desde chico, ya había agrrado las ganas y el amor por el mar. Si uno tenía una técnica más old school, el otro tenía una un poco más radical.

Por esos días, a Marco le gustaba el frío, pero le tenía miedo al viento. Cuando venían las tormentas grandes, se asustaba. Pero eso era lo único, al resto de las cosas no le hacía asco. Durante dos años se negó a aprender a andar en bicicleta porque le gustaba correr y corría hasta la escuela. La túnica y la moña las odiaba, siempre la llevaba un poco rota y, cuando se la lavaban, la odiaba aún más. Estaba blanca, casi nueva, pero a Marco no le gustaba y la prefería más usada, más vivida.

Fue ese mismo niño el que logró juntar el amor que tenía su padre por el surf y la evolución de su hermano en el mismo deporte. Pero no lo empujaron nunca, él empezó solo y se paró en el agua, por primera vez, en un morey.

Su primera tabla fue la misma en la que su hermano aprendió, una tabla 6´3´´, medio vieja y medio grande, de color amarillo. Esa no duró mucho, porque enseguida pasó a otras, pero fue la primera.

A medida que empezó a crecer, iba seguido a Los Botes, Zanja Honda, la Laguna de Rocha y a La Pedrera. En el mar se sentía cómodo.

Pero a los once años cambió todo.

El verano de 1999 no fue bueno para las cabañas de su padre. Teniendo dependencia al turismo argentino, y por el contexto de crisis económica y política de ese momento, el invierno para los Giorgi significaría poco dinero.

Por eso, se mudaron a Garopaba, en Brasil. Se mudaron de una ciudad chica a otra, aunque esta no les era ajena, la conocieron durante varias vacaciones de Julio, cuando le escapaban al invierno uruguayo.

Marco dejó atrás a sus amigos, a su ciudad y a una infancia que lo había hecho muy feliz. Y se enfrentó al portugués. El primer día de clase con una profesora que solo hablaba portugués no fue fácil. Estando ahí, se mudaron a una casita cerca de la playa que tenía árboles bien grandes en el patio. Después de eso, fueron picando. Cada tres meses, más o menos, se mudaban y así estuvieron hasta que Marco tuvo dieciseis años. Vivieron en todo Garopaba.

Los primeros años le costó terminar de adaptarse porque volvían los veranos a La Paloma al negocio de su padre. El invierno allá y el verano acá. Cada vez cruzaba la frontera, revivía el extrañar de vuelta.

Pero Marco ya surfeaba bien y, siendo el surf una herramienta para aproximarse, se fue acomodando. Pasó de las olas inconstantes en Uruguay a poder surfear casi todos los días en la ciudad donde vivía.

Si en los campeonatos uruguayos de juniors le ganaban solo uno o dos, y a veces, en Brasil le ganaban casi todos. A partir de los 14 años entendió lo que se necesitaba para ser surfista profesional y allá fue. Empezó con campeonatos más locales, en Río Grande do Sul, donde vivía a sandwiches que se hacía en su casa, porque los pesos eran contados, y volvía con premios. Eran tablas, que usaba o vendía para hacer un poco de plata.

Lo profesional y los contratos vinieron después. De a poco, con perseverancia y con mucha voluntad, Marco se fue volviendo surfista profesional y llegó a los campeonatos donde concursan los mejores del mundo. Siempre representó a Uruguay y estando entre los diez mejores surfistas de América del Sur, hoy puede vivir del surf.

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